El punto de encuentro del tiempo libre educativo
21 de agosto de 2017
La compañía del adulto
Pere Muñoz
Psicólogo

Compañía, compañero... qué palabras más bonitas y qué puñado de buenos sentimientos y emociones nos evocan. Todos tenemos, en algún rincón de nuestro corazón, una conversación especial con aquella persona, aquella ruta por una montaña que fue la excusa para descubrir y ser descubiertos por alguien especial... Si vamos al latín, descubrimos que la palabra “acompañar” proviene de la unión de las palabras “compartir” y “pan”. A la antigüedad, ante los peligros del camino, los peregrinos se agrupaban al atardecer para cenar juntos, para “acompañarse” mutuamente mientras compartían sus alimentos.

 

Parece, pues, que la palabra “compañía” contiene un significado positivo y relacional. Si nos adentramos en el mundo de la infancia y hablamos de su derecho a la compañía del adulto entiendo como evidente que tendremos que mantener este positivismo en el significado. Derecho a la compañía tiene que querer decir derecho a disfrutar de espacios con adultos donde poder compartir, donde poder charlar, donde poder “pasarse un poco de la raya”, donde expresar frustraciones y fracasos, donde sentirse muy orgulloso de éxitos logrados...

 

Como psicólogo de escuela, algunos padres y madres me comentan que es una lástima que los niños no vengan con un “manual de instrucciones”. En cambio, ningún adolescente nunca me ha pedido un manual para estar con sus amigos en el patio o para salir un rato un viernes al atardecer. Sin querer relativizar todo el interés que los padres y madres (héroes siempre) tienen por la educación de sus hijos, quizás sí que podemos sospechar que la compañía no es algo tan complejo, ni tan difícil ni, especialmente, tan artificial. Acompañar al niño es estar a su lado, es compartir ratos de vida plegados, es demostrar que los adultos no lo sabemos todo... Un niño se siendo acompañado cuando nadie lo juzga, cuando no se aprovecha el rato que tiene para cenar (y compartir los alimentos) para explicarle todo el que ha hecho mal durante el día, cuando no sabe que si los padres le hablan seguro que es para “pegar la bronca”, cuando sabe que puede explicar casi cualquier cosa y no recibirá ningún chantaje emocional...

 

El tiempo de los adultos es limitado y, obviamente, tendremos que dedicar ratos a poner límites y a hablar de normas. Pero si creemos en el derecho a la compañía del niño tendremos que dedicar tiempo, también, a simplemente acompañarlo en su proceso de crecimiento personal. Es nuestro deber y, a buen seguro, será también un placer y una experiencia vital: tiempo para disfrutar de nuestros niños.

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XaviVillalvilla
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Román Álvarez
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