El punto de encuentro del tiempo libre educativo
17 de diciembre de 2017

El derecho al juego

Oriol Ripoll
Especialista en juegos

Juego. Y cuando juego miro a los otros jugadores, me comunico con ellos con palabras o sin, reconozco el espacio, lo exploro y me apropio de él. Pienso una estrategia, la ejecuto, me doy cuenta de que no ha funcionado y pruebo una de nueva. Escucho las normas que me explican, las interpreto, las llevo a cabo, me doy cuenta que hay algo que no había entendido y después de muchas partidas propongo una nueva norma que mejora el anterior.

 

También puedo necesitar un objeto para jugar, pienso como lo fabricaré, busco los materiales, lo hago y compruebo si funciona y si no lo hace como quiero, lo vuelvo a fabricar. O me pongo ante una pantalla, me propongo un reto e intento superarlo, pero hay un par de objetos que no he tenido en cuenta y lo tengo que volver a empezar.

 

Pero lo más interesante es que todo lo hago con un alto grado de motivación. Cuando lo que me he propuesto no funciona no es un problema, es un reto en que pongo toda la atención porque tengo interés. Y esta motivación no es extrínseca, no espero un premio o un reconocimiento. Estoy interesado porque me gusta, porque me lo paso bien con lo que estoy haciendo ahora, sin importarme si llego al final o incluso si hay un final.

 

La palabra jugar podría ponerse al diccionario como una palabra polisémica asociada a aprender, relación, comunicación, superación, análisis, atención, interpretación, ensayo-error y, sobre todo, motivación.

 

Seguro que por este motivo, por la cantidad de cosas que nos pasan mientras jugamos, el juego es un derecho universal para cualquier persona, sea de la edad que sea. Y por este motivo los educadores de cualquier ámbito tendrían que utilizar el juego como una herramienta habitual de trabajo.

 

Pero cómo que cualquier derecho tiene un deber de asociado, tenemos el deber de jugar habitualmente, de buscar el juego más adecuado al momento de la vida en que nos encontramos, y de probar cualquier tipo de juego. Y hay un deber de más, el de hacer jugar, de enseñar juegos para hacerlos parte de la cultura de un colectivo, de un pueblo. Y si no lo hago, el colectivo se empobrece, se hace pequeño.

 

Juego. Y cuando juego sé que estoy desarrollando algún ámbito de mi persona. Por eso es un derecho y es un deber.

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XaviVillalvilla
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Román Álvarez
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